Paciencia
Al señor no le basta con tocarla. Le mira cautelosamente y le mueve su mano de frente. Como si de una estatua se tratara, le da media vuelta. Le observa el trasero. Corre sus dedos por su cabello y se observa en el reflejo del mojado en sus pupilas. Allí, donde se curva su figura diminuta, cree encontrar una razón para pensarla de carne y hueso. Poco después de que lo piense parpadea y el señor sonríe. Satisfecho consigo mismo, con su proeza investigativa y con la paciencia que todo aquello le confirma, se da vuelta y mira contentísimo a su esposa. Ella, sentada y de brazos cruzados, le sonríe a medias gustosa de verle desocupado (como diciendo: “¿Caminamos?”).